viernes, 13 de junio de 2008

VARIACIONES A RAYMOND CHANDLER EN UN ENCUENTRO INTERNACIONAL DE ESCRITORES




Era media noche y el día había transcurrido en un largo devenir de conferencias, lecturas y ceremonias cursis. Estaba bastante cansado de oír expertos hablando de literatura, quería salir de juerga y no me quedaban ganas de machacar las teclas de la computadora para concluir mi ponencia del día siguiente: "Raymond Chandler contra su propio éxito".
Luego de vanos intentos por desbloquear el canal de porno y de tomarme unas píldoras para el catarro (que prometían darme sueño), permanecí inmóvil en aquella habitación enorme. Me ocupé del pequeño refri-bar destapando la primera lata de Corona y la bebí de un solo trago. Era deprimente y aburrido. No tuve otro remedio que sentarme a leer el libro de poemas (horribles) de una escritora local que no hacía más que hablar de sí misma, pero que telepáticamente me inducía "quiero que me violes, loca, déjame loca por favor, loca, loca…"
Una orquesta de gritos y carcajadas me alejó del peor de todos los poemas del libro, me levanté inmediatamente y descorrí la persiana. Eran dos adolescentes muy borrachas que mi vecino, un escritor neo-bukowskiano, trataba de meter a nalgadas en su habitación. Pensé algo, pero no. Decidí sentarme a escribir la ponencia.
"Podemos tratar la novela negra en Norteamérica…", "Podemos decir que…", "Puedo decir que…", "decir".
Era imposible pensar con tanto ruido. Los parranderos ya habían subido todo el volumen al aparato de sonido y se reían a gritos. Apagué la computadora portátil y regresé al refrigerador a tomar lo que quedaba del six pac de cerveza y algunas frituras. Total volví a la cama con todo, dispuesto a escribir como lo hacía Chandler, borracho. Pero el ruido y mis ganas de husmear se hicieron insoportables, así que me puse los zapatos y salí.
Su puerta estaba levemente abierta, le di un empujoncito (no sé si con la intención de ver o de entrar) y encontré a mi vecino de cuarto cubierto con una sábana —simulando ser un patricio romano, supongo— y acostado con las dos muchachas sobre la alfombra.
—Pase mister— me dijo acariciándose la barriga. La pelirroja tenía el rimel corrido y la trigueña se reía con la boca completamente abierta mientras intentaba acercarse el tubito a la nariz e inhalar un poco de polvo.
—No puedo, espero una llamada— contesté con voz de idiota. Di unos cuantos pasos hacia atrás y me despedí cerrándoles la puerta muy suavecito, como si me fuesen a regañar.
De nuevo en mi habitación, ansioso, inquieto y no sé… daba vueltas y vueltas como un hamster.
"Si en lugar de escribir la ponencia para mañana, voy a buscar a mi vecino, me traigo a una de esas putas ( o a las dos), pido servicio al cuarto y me la paso fornicando como conejo…Si hubiera seducido a la estudiante que me hizo las preguntas luego de la lectura en la universidad… No. Ya basta, debo recuperar el juicio, llevo seis meses sin beber ni drogarme, además estoy tratando de regresar con mi mujer y vine a dar una conferencia sobre Raymond Chandler."
Me decidí únicamente por pedir una botella de Chivas Regal al room service y cargársela a la organización del congreso, luego abrí las cortinas y me di cuenta que era una hermosa madrugada, aquella ciudad brillaba como un estadio abandonado. "La sobriedad es solitaria"— pensé. Sin otro remedio me puse a leer The long good bye acostado en la cama y sin ponerme la pijama. Me costó mucho trabajo concentrarme con el ruido de la parranda de junto. Me pareció escuchar, incluso, unos disparos, luego gritos, después los pasos de alguien afanado en arrastrar tres cadáveres sobre la alfombra tratando de llevarlos al cuarto de aseo; me pareció escuchar al detective Marlowe llegar, completamente alcoholizado, a la escena del crimen…
El escándalo de los vecinos ceso casi al amanecer, Chandler y yo éramos los únicos en ese cuarto. Eso me sirvió para la ponencia. Comprender que él y yo somos buenos tipos con una telaraña de ideas sucias y demonios que son capaces de destrozarnos la cabeza. Aunque no estemos seguros de nunca haber matado a alguien, pero, siempre, todo el tiempo, optamos por escribir.

Al genial Francisco Alejandro Méndez

2 comentarios:

Pablo Bromo dijo...

Genial bróder, puntual narración, inequívoco relato...

Decía Bukowski que en la soledad de las habitaciones de hotel, solo la sucia idea del suicidio corresponde al inmundo vacío de la fiesta... entonces pienso, en la soledad se construyen las más colectivas piezas...

Abrazote, P.

Alan dijo...

Así es, Javi, cuántas habitaciones, cuánto hotel... Abrazo, nos vemos por el chinique o antes, no?