martes, 7 de octubre de 2008

LOS RECURSOS DEL SIMULACRO (PARA MARIO, IGAL Y JAIME PERMUTH)




El cielo en la noche parece la carpa de un circo. Una de esas carpas llenas de agujeros donde se cuela la luz del sol. Así, las estrellas se ven como pequeñas perforaciones redondas. El espectáculo está debajo, es el mundo.
Uno puede presenciar la vida o complicarse en ella. Tarde o temprano viene nuestro papel. Tenemos un turno para actuar, y lo hacemos sin tener claro en qué momento sucede.
A veces, detenidos frente a nuestra imagen, nos damos cuenta que esa presencia que vemos es la consecuencia de un simulacro. Somos el personaje que nos abriga. El que decidimos ser.
También decidimos el espectáculo. Nadie se queda a la fuerza, todos queremos ver el final. Pero el show siempre continúa.
Sobre el suelo desfilan los personajes. Sus cuerpos son la duración misma de esa extraña sincronía entre las cosas y el tiempo. Uno a uno va realizando su acto magistral. El público clama desgañitando su voz. El personaje se envuelve con la mirada de los otros y repentinamente, ebrio de vanidad, destierra lo mejor de sí: saca un truco o un chiste o muestra su habilidad pura o desgaja su corazón.
El corazón del circo está en los graderíos. Debajo de los andamios que lo sostienen. En el subsuelo donde se desmigajan las risas y los gritos de tensión y asombro.
Los ojos de los niños sostienen al equilibrista que dibuja una línea horizontal en la gravedad.
Desde el trapecio la cadencia nos rompe el pecho en su deambular de un punto a otro. El trapecista se sostiene frágilmente en ese oleaje.
Luego los enanos. Siempre acompañando a las cebras o a los elefantes, jalando el carrito que lleva una jaula con un león o empujando a un elefante.
Por último, los payasos.
Los payasos siempre parecen ocultarse mejor. No son intrépidos. No tienen habilidades. Los payasos son la poesía del circo. Los factotums, los esmerados en el fracaso de la rutina, los inoportunos, los acróbatas de la lucidez. Un payaso encierra siempre una contradicción. Es un ser incómodo y mágico. Es el humano al revés. Ese eterno monólogo frente al espejo.
Recuerdo un circo. Uno muy pequeño que llevó su caravana de casas rodantes y animales, un desfile colorido que rompía la monotonía de mi barrio. Fui con mi madre a ver la jirafa que pastaba a la orilla del barranco. La gente se amontonaba alrededor de sus enormes patas amarillas, le llevaban frutas, pero la jirafa solo comía la hierba seca que tenía alrededor.
Jamás había cruzado la entrada de una carpa. Para un niño de siete años, aquel espectáculo pobre resultaba ser algo mágico. Una muchachita vestida con un traje verde y plateado se mecía por los aires mordiendo el trapecio. Un león flaco y una jirafa anémica. Un fortachón doblaba dos barras de hierro. Dos payasos abrían su diálogo de cachetadas y patadas en el culo. La música. El equilibrista. Los malabares. Recuerdo personajes viviendo un personaje. Su vestimenta era la misma cuando actuaban o cuando salían a comprar comida al mercado. Se quedaban un par de meses y cada sábado desfilaba el elenco de artistas subidos en la palangana desvencijada de un pick up. Anunciaban el espectáculo más esperado, hasta que toda la gente del barrio se cansaba de verlos, para entonces, el circo, ya tenía preparadas sus maletas. Hacían una última función, luego comenzaban a llevárselo todo poco a poco. Un día, al volver del colegio, ya no encontré la jirafa, ni la carpa, ni las 2 casas rodantes, sólo un terreno baldío, el mismo lugar de siempre a las orillas del barranco. La magia del circo había desaparecido, y con él ese cadencioso recurso de soñar afuera de la gravedad.

1 comentario:

Gabriel Arana Fuentes dijo...

Sé de un mito... no sé quien me lo contó. Recordás aquellos circos de miniaturas, donde la gente se tiraba al suelo para ver el -show de pulgas- pues la persona que me lo contó, me dijo q la vez que él se puso a ver el show, así en el suelo con los pies fuera de la carpa. sintió como de un tirón le robaron los tenis... salió de la carpa y dos pizados iban corriendo con sus Reebok o Fila no recuerdo. Esa fúe la última vez que entró a un circo... dijo... un poco de magia guatemalteca parece.