martes 13 de diciembre de 2011

( ) Y OTROS RELATOS BREVES




( ) y otros relatos breves (reedición editorial Germinal, Costa Rica 2012)





El primer día fue algo terrible de superar. Ese lunes, como todas las desgracias, la luz del despertador digital parpadeaba las 5:00 am. Se levantó tratando de no despertar a su mujer —que mantenía una risa bastante comprensible si se entiende que soñaba con marineros bronceados e islas remotas— y, como todos los días, trajo de la puerta los periódicos para leerlos en el baño.




Luego de lavarse y escupir el gris de la Colgate sobre la loza blanca, movió la mano hasta dar con la pequeña puerta del botiquín, sacó el enjuague bucal y al cerrarla pudo verse reflejado en el espejo. Algo inexplicable le había sucedido: dos enormes paréntesis se habían colocado a su lado.




Se restregó una y otra vez los ojos, mas no variaba nada, simplemente se hacían más claras las líneas negras. Decidió quedarse en el baño y no salir durante largo rato.
Ni su esposa ni su sirvienta notaron algo extraño. Con el paso de las horas se convenció que no se trataba más que de una alucinación causada seguramente por el cansancio; sin embargo no dejaba de inquietarle. Cuando manejaba su vehículo veía reflejadas en el retrovisor las dos enormes líneas instaladas una a cada lado.




Al llegar al edificio del banco subió treinta pisos por las escaleras con tal de no ir en el ascensor y encontrarse con alguien tan suspicaz como para notar lo que le estaba sucediendo. Atravesó velozmente los cubículos y se refugió en su oficina.




Racionalizó la situación, atando cabos y tratando de contenerse un poco la angustia. Temía que los signos limitaran en adelante su personalidad furtiva.




Pasó algún tiempo para que el ejecutivo aprendiera a sobrellevar sus paréntesis. Cuando alguien lo veía durante mucho tiempo, autoritariamente subía su tono de voz y de esa forma se libraba que alguien descubriera sus paréntesis.




Con el tiempo se divorció de su esposa, y gracias al excelente trabajo de una prestigiosa firma de abogados, llegaron a un acuerdo que la benefició bastante.10
Fue así que terminó cenando solo en un apartamento modesto y con vista a la ciudad. Aquella situación extraña de verse encerrado entre dos signos, lejos de haber aletargado su espíritu, había formado en él una resistencia contra los cataclismos cotidianos, una muralla contra la ruina. El aislamiento se convirtió en la forma acostumbrada de su tristeza.




Un lunes, como todas las desgracias, la luz del despertador digital parpadeaba las 5:00 am. Se levantó sin percatarse de sus paréntesis y, como todos los días, trajo de la puerta los periódicos para leerlos en el baño. Al terminar de enjuagarse la boca, cerró la pequeña puerta del botiquín y descubrió, con horror, que los paréntesis habían desaparecido, que se habían transformado en cuatro titilantes comillas, que desde ese momento lo acompañarían por el resto de su vida.

1 comentarios:

Germán Hernández dijo...

Saludos Javier, buen texto, llano y directo. En hora buena por la reedición!