martes, 12 de junio de 2012

UNA TRINCHERA DE METAL FRÍO



"¡Black! ¡Deje de de fastidiar a Sabbath! Le gritó a sus dos gemelos el último metalero de mi colonia."


Yo era un adolescente noctámbulo y los conciertos de metal casi siempre eran en las tardes. No me emborrachaba temprano y jamás me gustó Slayer gran cosa. Digamos que mi simpatía era más adecuada a The Clash que al metal death pulsado por un rápido estirar de cuerdas, letras blasfemas y voces guturales. Sin embargo asistí a los primeros y fundamentales conciertos de heavy suburbano realizados en Guatemala.

Con todo y el cadáver de una guerra fría a cuestas, los adolescentes guatemaltecos de finales de la década del Ochenta descubrimos nuestro país gracias el arribo de la televisión por cable a las urbanizaciones de clase media. La censura gubernamental a los medios de comunicación era demasiado efectiva, así fue como -paradójicamente- fueron las presentadoras de CNN que empezaron a filtrar la palabra “Tierra Arrasada” y “Conflicto armado” en las salas de las familias habitualmente conservadoras de nuestra sociedad.

La Ciudad de Guatemala estaba menos saturada de centros comerciales que ahora y aún era posible la convivencia alrededor de parques y espacios públicos. La radio entonces (y tal como lo sigue haciendo ahora), mantenía el credo uniforme de programar a los “principales” en el abominable ranking del pop mexicano. Todo amenazaba con la nimiedad propia de una provincia que a veces coqueteaba roqueramente con los grupos locales tales como Alux Nahual en alguna grotesca teletón en horario diferido. Pero fue hasta que el primer gobierno electo de manera democrática, el de Vinicio Cerezo (1986-1990), que se permitió la organización de conciertos de rock al aire libre, precisamente en la Plaza Central frente al Palacio Nacional, por el año 88 u 89, dando un inicio involuntario al arte urbano en nuestro país

Los conciertos de la Plaza hicieron posible que fuéramos espectadores de algunas de las bandas indie más interesantes que sonaban en las radios en español: La Torre (Argentina), Caifanes (México), Luzbel (México). A su vez emergieron extraños grupos nacionales con una magra fanaticada de barrio, completamente invisibles para los medios de comunicación establishment: Invasión, Tzantoid, Guerreros del Metal, Yttrium, entre otras bandas que despertaron una tribu metalera en el Centro Histórico de la ciudad.

Ya para finales de esa monstruosa década de represión política en Centro América, había una muy respetable cantidad de grupos de metal en Guatemala: Psycho, Denial, Scars, Éxtasis, Sore Sight, Pychophony, Serpiente Visión, Rotting Corpse entre otros, eran bandas inseparables de una creciente tropa roquera que invadía los espacios públicos. Camisetas negras, pañuelos de calaveras, backpatch con portadas de discos con nombres caligrafiados, acetatos de Sodom, Destruction o D.R. I (entre otras bandas de culto) acompañaban largas filas de chicos de cabello largo que bebían litro tras litro de cerveza Gallo en la puerta de los conciertos llamados Trash Attack.

Los primeros conciertos de metal fueron una hemorragia de improvisaciones escandalosas. Un ejercicio de convivencia incipiente compuesta por músicos aficionados y organizadores idealistas que asumían la cultura del metal como una forma muy sui géneris de resistencia ante los atropellos de una sociedad represiva. Según mi amigo Jorge Rodas, el primer concierto importante de metal se llevó a cabo en una llantera que se encontraba intermedia entre las dos partes más feas de la capital guatemalteca (y acaso dos de los lugares más horribles del mundo): Avenida Bolívar y Terminal de buses. Aquello, asegura Jorge, fue la chispa que activó el movimiento trasher en Guatemala y posiblemente en Centro América. Con un sonido más que precario y en el centro de un escenario apocalíptico de cerros hechos con llantas vulcanizadas, se dio inicio a un sincero movimiento underground en un país construido a partir de severas contradicciones étnicas.

Viendo Las Marimbas del Infierno de Julio Hernández encuentro comprensible el discurso de una generación bisagra. Una coyuntura de jóvenes que pasaron de la dictadura a la democracia. Una democracia sin empleo, sin educación y sin posibilidades de transformación política. Un retrato de juventud y de madurez de una militancia Metal que es el camino que escogieron muchos guatemaltecos para singularizarse de la nimiedad cristiana, mojigata y consumista, que heredamos. Un muchacho metalero en Guatemala, es casi siempre un joven desarraigado de la clase trabajadora, y es posiblemente la imagen más auténtica del inconformismo en nuestra sociedad. Acaso los personajes de Hernández sean tan cercanos para nosotros porque representan esa necedad, esa persistencia, por fugarse de esa orilla de “normalidades” que asumimos en este dudoso presente. Tal vez porque Hernández encontró que el Heavy Metal, al igual que el cine, es una muy digna trinchera individual y un campo de batalla al mismo tiempo. Una caja llena de extravagancias en un país de infancia negada. Una interpretación subversiva de lo que significa ser joven y no tener ningún futuro por delante.

4 comentarios:

Alejandro Dominguez dijo...

Primera vez que leo un artículo de metal guatemalteco que narra la verdadera historia y cómo surge en escena en Guatemala, que bueno que vos Payeras te hayas tomado la molestia de hacerlo felicidades

Alejandro Dominguez dijo...

Primera vez que leo un artículo de metal guatemalteco que narra la verdadera historia y cómo surge en escena en Guatemala, que bueno que vos Payeras te hayas tomado la molestia de hacerlo felicidades

Ricardo Padilla dijo...

Aqui pueden bajar MUNDANO de Guatemala (((Totalmente Gratis))) http://mundanometal.bandcamp.com/ solo tienen que ingresar su correo y listo, apoyen el Metal Chapín

Unknown dijo...

llantera terminal, Guatemala, musical, salón tropical, salón de los ferrocarrileros, pie de lana, bodeguita del centro, todos lugares donde muchos nos iniciamos a asistir a toques de verdadero metal acá en nuestro país