martes, 11 de diciembre de 2012

POETAS NACIONALES





Entre excéntricos, místicos y perturbados. Siempre con esa distrofia del ánimo: la melancolía. Con trajes de color cansado, con vidas disfuncionales y con gastritis de úlceras políticas.

Los poetas lejanos. Aquellos que le dan nombre a las escuelas públicas o a las calles repletas de centros comerciales. Guardados en monumentos mediocres, en cohibidos retratos de libros de texto. Malcitados, tanto como incomprendidos. Los neuróticos que toda sociedad necesita: los poetas nacionales.

Esas personas que dan sentido a las letras doradas en los edificios. Esa suerte de faquires que duermen encima de las brasas y le hacen apasionados reclamos a la existencia. Que ponen palabras distintas a una realidad que no es bonita. Tantas veces solemnizados en discursos torpes o en fastidiosos actos cívicos.

El peor de los destinos. Pienso que la vida de un artista no pareciera importarle mucho a nadie. Sobre todo si se trata de un artista de las palabras. Sus palabras valen menos que su nombre. Su nombre vale menos que su prestigio y su prestigio vale menos que su fama.

¿Y su vida? Casi todos los poetas importantes de Latinoamérica fueron señalados por algo: por ser comunistas o por no serlo demasiado; por alcohólicos, por misántropos, por malhablados, por lujuriosos o por amargados. Personas de poco fiar en sociedades organizadas en contra del derecho a ser y a pensar distinto.

Estoy seguro de que el precio de la anticipación es el aislamiento; no creo que existan los “poetas nacionales”. La poesía no tiene un sitio, no tiene demagogia. Su lugar está en todos lados.