Entre
excéntricos, místicos y perturbados. Siempre con esa distrofia del
ánimo: la melancolía. Con trajes de color cansado, con vidas
disfuncionales y con gastritis de úlceras políticas.
Los
poetas lejanos. Aquellos que le dan nombre a las escuelas públicas o
a las calles repletas de centros comerciales. Guardados en monumentos
mediocres, en cohibidos retratos de libros de texto. Malcitados,
tanto como incomprendidos. Los neuróticos que toda sociedad
necesita: los poetas nacionales.
Esas
personas que dan sentido a las letras doradas en los edificios. Esa
suerte de faquires que duermen encima de las brasas y le hacen
apasionados reclamos a la existencia. Que ponen palabras distintas a
una realidad que no es bonita. Tantas veces solemnizados en discursos
torpes o en fastidiosos actos cívicos.
El
peor de los destinos. Pienso que la vida de un artista no pareciera
importarle mucho a nadie. Sobre todo si se trata de un artista de las
palabras. Sus palabras valen menos que su nombre. Su nombre vale
menos que su prestigio y su prestigio vale menos que su fama.
¿Y
su vida? Casi todos los poetas importantes de Latinoamérica fueron
señalados por algo: por ser comunistas o por no serlo demasiado; por
alcohólicos, por misántropos, por malhablados, por lujuriosos o por
amargados. Personas de poco fiar en sociedades organizadas en contra
del derecho a ser y a pensar distinto.
Estoy
seguro de que el precio de la anticipación es el aislamiento; no
creo que existan los “poetas nacionales”. La poesía no tiene un
sitio, no tiene demagogia. Su lugar está en todos lados.




1 comentario:
De acuerdo.
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