miércoles, 9 de julio de 2014

CHOCOFUT


Win Delvoye

Algo se torció en mi vida el día cuando el entrenador de futbol del equipo me sacó de la selección de la colonia. El problema: estigmatismo y miopía. En la casa no había plata para comprar lentes de contacto, así que fue necesario adecuarme a los aros más baratos y menos disimulados. A finales de los ochentas usar anteojos no estaban de moda y estar medio ciego era casi como no tener piernas en este deporte.

Yo no era un nerd, era todo lo contrario: un retorcido acosador pendenciero y estúpido, que leía a escondidas para no darme “color” de pensante. Recuerdo que mi maltrecha visión se hizo evidente el maravilloso año 86 que fue, según doctos en el tema, el mundial más proteico de la historia gracias a la poesía de D.A.M. ( Maradona ). Para entonces los sueños mundialistas de la Selección de Guatemala se habían ido al caño gracias al muy civilizado equipo canadiense. Para ser honesto, ni siquiera recuerdo los partidos de nuestra sele. Mi tragedia pubescente y la tragedia de un país que nunca ha despegado se volvieron una. Nunca he vuelto a tocar un balón y los chapines tampoco alcanzamos la pesadilla de jugar en esos grupos de la muerte que son las grandes maquinarias de guerra futbolera, ya saben: Alemania, Brasil, Italia, Argentina, Nigeria, Holanda…

De llegar un día al mundial, ¿qué sucedería? Turismo de lujo para nuestros jugadores. Sexo para nuestros jugadores. Aplauso para nuestros jugadores. Un grupo de chapines facinerosos que toparían tres tarjetas de crédito con tal de ver todos los partidos de Guatemala, que sin ser pesimista sino anarcorealista (como trato de ser siempre) no pasarían de tres contundentes derrotas, a menos que Maximón nos diera la bendición de jugar en un grupo conformado únicamente por equipos de la CONCACAF. Está difícil.

El escritor mexicano Juan Villoro me comentaba hace unos días que los países con mayor rating televisivo durante la fiesta universal del balompié son los que llegaron, mas no tienen posibilidades pasar de la primera ronda o bien ni siquiera llegaron. Curioso dato. Pienso que el día que nosotros lleguemos a cantar el Himno a la gramilla de un estadio durante el magno evento, es porque seremos un país tan próspero y tan civilizado que seguramente la pasión futbolera habría sido reemplazada por otros temas menos divertidos, pero acaso más profundos. Pero la verdad no quiero ser aguafiestas, amo el futbol aún con sus partidos vendidos y sus jugadores drones. Quizá porque también amo las derrotas de infancia que me llevaron a la literatura.

Publicado en Revista Itch

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