viernes, 17 de mayo de 2013

IMÁGENES PARA UN VIEW-MASTER





Igual que casi toda la prosa escrita por poetas, la de Javier Payeras puede ser estática, hipnótica y, en el mejor de los casos, extática. “Imágenes para un View-Master”, que da el título a esta colección, es como un collar hecho de extraños, tiernos o terribles abalorios. En estas “filminas” Payeras deja que sus personajes—anti-héroes urbanos—se muevan en territorios de límites vagamente delineados entre lo banal y lo trascendental. Su lectura—como la fugaz mirada involuntaria en un espejo- nos deja ver algo inesperado, incómodo o hermoso, sobre un fondo inhumano del que ya no nos percatábamos, de puro familiar.


Rodrigo Rey Rosa

Punto de Lectura 
Edición de Bolsillo 
Santillana
2013

martes, 11 de diciembre de 2012

POETAS NACIONALES





Entre excéntricos, místicos y perturbados. Siempre con esa distrofia del ánimo: la melancolía. Con trajes de color cansado, con vidas disfuncionales y con gastritis de úlceras políticas.

Los poetas lejanos. Aquellos que le dan nombre a las escuelas públicas o a las calles repletas de centros comerciales. Guardados en monumentos mediocres, en cohibidos retratos de libros de texto. Malcitados, tanto como incomprendidos. Los neuróticos que toda sociedad necesita: los poetas nacionales.

Esas personas que dan sentido a las letras doradas en los edificios. Esa suerte de faquires que duermen encima de las brasas y le hacen apasionados reclamos a la existencia. Que ponen palabras distintas a una realidad que no es bonita. Tantas veces solemnizados en discursos torpes o en fastidiosos actos cívicos.

El peor de los destinos. Pienso que la vida de un artista no pareciera importarle mucho a nadie. Sobre todo si se trata de un artista de las palabras. Sus palabras valen menos que su nombre. Su nombre vale menos que su prestigio y su prestigio vale menos que su fama.

¿Y su vida? Casi todos los poetas importantes de Latinoamérica fueron señalados por algo: por ser comunistas o por no serlo demasiado; por alcohólicos, por misántropos, por malhablados, por lujuriosos o por amargados. Personas de poco fiar en sociedades organizadas en contra del derecho a ser y a pensar distinto.

Estoy seguro de que el precio de la anticipación es el aislamiento; no creo que existan los “poetas nacionales”. La poesía no tiene un sitio, no tiene demagogia. Su lugar está en todos lados.


martes, 12 de junio de 2012

UNA TRINCHERA DE METAL FRÍO



"¡Black! ¡Deje de de fastidiar a Sabbath! Le gritó a sus dos gemelos el último metalero de mi colonia."


Yo era un adolescente noctámbulo y los conciertos de metal casi siempre eran en las tardes. No me emborrachaba temprano y jamás me gustó Slayer gran cosa. Digamos que mi simpatía era más adecuada a The Clash que al metal death pulsado por un rápido estirar de cuerdas, letras blasfemas y voces guturales. Sin embargo asistí a los primeros y fundamentales conciertos de heavy suburbano realizados en Guatemala.

Con todo y el cadáver de una guerra fría a cuestas, los adolescentes guatemaltecos de finales de la década del Ochenta descubrimos nuestro país gracias el arribo de la televisión por cable a las urbanizaciones de clase media. La censura gubernamental a los medios de comunicación era demasiado efectiva, así fue como -paradójicamente- fueron las presentadoras de CNN que empezaron a filtrar la palabra “Tierra Arrasada” y “Conflicto armado” en las salas de las familias habitualmente conservadoras de nuestra sociedad.

La Ciudad de Guatemala estaba menos saturada de centros comerciales que ahora y aún era posible la convivencia alrededor de parques y espacios públicos. La radio entonces (y tal como lo sigue haciendo ahora), mantenía el credo uniforme de programar a los “principales” en el abominable ranking del pop mexicano. Todo amenazaba con la nimiedad propia de una provincia que a veces coqueteaba roqueramente con los grupos locales tales como Alux Nahual en alguna grotesca teletón en horario diferido. Pero fue hasta que el primer gobierno electo de manera democrática, el de Vinicio Cerezo (1986-1990), que se permitió la organización de conciertos de rock al aire libre, precisamente en la Plaza Central frente al Palacio Nacional, por el año 88 u 89, dando un inicio involuntario al arte urbano en nuestro país

Los conciertos de la Plaza hicieron posible que fuéramos espectadores de algunas de las bandas indie más interesantes que sonaban en las radios en español: La Torre (Argentina), Caifanes (México), Luzbel (México). A su vez emergieron extraños grupos nacionales con una magra fanaticada de barrio, completamente invisibles para los medios de comunicación establishment: Invasión, Tzantoid, Guerreros del Metal, Yttrium, entre otras bandas que despertaron una tribu metalera en el Centro Histórico de la ciudad.

Ya para finales de esa monstruosa década de represión política en Centro América, había una muy respetable cantidad de grupos de metal en Guatemala: Psycho, Denial, Scars, Éxtasis, Sore Sight, Pychophony, Serpiente Visión, Rotting Corpse entre otros, eran bandas inseparables de una creciente tropa roquera que invadía los espacios públicos. Camisetas negras, pañuelos de calaveras, backpatch con portadas de discos con nombres caligrafiados, acetatos de Sodom, Destruction o D.R. I (entre otras bandas de culto) acompañaban largas filas de chicos de cabello largo que bebían litro tras litro de cerveza Gallo en la puerta de los conciertos llamados Trash Attack.

Los primeros conciertos de metal fueron una hemorragia de improvisaciones escandalosas. Un ejercicio de convivencia incipiente compuesta por músicos aficionados y organizadores idealistas que asumían la cultura del metal como una forma muy sui géneris de resistencia ante los atropellos de una sociedad represiva. Según mi amigo Jorge Rodas, el primer concierto importante de metal se llevó a cabo en una llantera que se encontraba intermedia entre las dos partes más feas de la capital guatemalteca (y acaso dos de los lugares más horribles del mundo): Avenida Bolívar y Terminal de buses. Aquello, asegura Jorge, fue la chispa que activó el movimiento trasher en Guatemala y posiblemente en Centro América. Con un sonido más que precario y en el centro de un escenario apocalíptico de cerros hechos con llantas vulcanizadas, se dio inicio a un sincero movimiento underground en un país construido a partir de severas contradicciones étnicas.

Viendo Las Marimbas del Infierno de Julio Hernández encuentro comprensible el discurso de una generación bisagra. Una coyuntura de jóvenes que pasaron de la dictadura a la democracia. Una democracia sin empleo, sin educación y sin posibilidades de transformación política. Un retrato de juventud y de madurez de una militancia Metal que es el camino que escogieron muchos guatemaltecos para singularizarse de la nimiedad cristiana, mojigata y consumista, que heredamos. Un muchacho metalero en Guatemala, es casi siempre un joven desarraigado de la clase trabajadora, y es posiblemente la imagen más auténtica del inconformismo en nuestra sociedad. Acaso los personajes de Hernández sean tan cercanos para nosotros porque representan esa necedad, esa persistencia, por fugarse de esa orilla de “normalidades” que asumimos en este dudoso presente. Tal vez porque Hernández encontró que el Heavy Metal, al igual que el cine, es una muy digna trinchera individual y un campo de batalla al mismo tiempo. Una caja llena de extravagancias en un país de infancia negada. Una interpretación subversiva de lo que significa ser joven y no tener ningún futuro por delante.

lunes, 19 de marzo de 2012

SOMBRAS EN EL JARDÍN: ESAS CANCIONES QUE CREÍAMOS DE AMOR


La Paciente / Méndel Samayoa


Estoy echado a perder


Ya no queda más que una camisa de franela en mi ropero. De usarla lo hago siempre el fin de semana y cuando hace frío. Quizá porque, con mis canas y libras de más, me siento extemporáneo dentro de un mosh pit de adolescentes. Andar de Rolling Stone no es lo mío, sin embargo puedo decir que hoy aprecio la música con más pasión que antes.


Música de adolescencia. Hace una semana un periodista amigo me llamó para inquirir acerca del vigésimo aniversario de Sombras en el Jardín de Bohemia Suburbana. En primer lugar, le digo, jamás lo tuve en disco, sino en casete. Un casete, ¡Dios mío!, mi hijo vio uno hace un par de meses y me preguntó qué era. El asunto es que la cinta habrá llegado a mis manos en un ya lejano 1993. Su contenido, más de una decena de canciones contundentes, sin virtuosismos armónicos visibles, pero cargadas con trucos britpop y frases oscuras, hasta entonces inéditas en el rock guatemalteco.


Vuelo alto beso el cielo y me caigo.

Desde la primera vez que oí Sombras en el Jardín sentí la premonición de que aquel trabajo de garage se mantendría a muy corta distancia de mi vida. Pongo el disco en la computadora y escucho cómo, entre una canción y otra, se anudan sonidos que forman parte de una historia compartida. Entrevistas de radio, protestas callejeras, ese paisaje de ruido organizado que fue y sigue siendo Guatemala en nosotros.


Las letras del disco son un atajo para comprender a la generación de entonces. Preocupaciones metafísicas “Soy un alma encarcelada dentro de un cuerpo”; el temor a encontrarse con la realidad poco menos que mórbida de una posguerra “Tienes miedo de no ver con claridad”; la incontable experiencia del amor único, masturbatorio, tierno y cercano “aquel domingo tu te fuiste y yo me fui”. Todo eso que alguna vez reconocimos entre una vida cotidiana de adolescentes chapines, prematuramente desencantados de la política post-Serranazo y por el bebé muerto que fueron los Acuerdos de Paz de 1996.


¿Como saber si eres pez o iguana?


Juro que nunca había visto a un chico con una playera de Otto René Castillo pegando de brincos en medio de la Plaza de los Mártires hasta ese Concierto de Bohemia en la USAC. La devoción que la banda provocaba en los jóvenes de los noventas tenía una fuente generadora: la claridad discursiva de su cantante, Giovanni Pinzón. Antes de Sombras en el Jardín muy pocos discos habían provocado tal choque de opiniones en Guatemala. Alto al fuego de Alux Nahual avizoraba en mucho la discusión acerca del Conflicto Armado Interno que se hacía desde el rock nacional. Pero fue con las letras y la energía que B.S. trasladaba a su público, que el rock alternativo puso una conciencia a la emtivizada generación de los noventas en nuestro país. Los chicos de clase media que salían a patear breaks con toda impunidad en las calles del Centro de pronto dieron tregua. De la violencia aberrante de aquella generación Reagan, se pasó a una suerte de nirvana de trenzas rasta, viajes a Panajachel, botellas de vino chileno y pantalones rotos que invadieron las secundarias y universidades.


De un momento a otro las bandas guatemaltecas reunieron más que las internacionales que nos visitaban. Claro, en este menesteroso lodazal de música populachera y descartable que nos traen los empresarios de conciertos locales, tener un grupo guatemalteco tan popular siempre era un negocio estimable. Bohemia Suburbana, que había surgido del mero underground y de los concierto íntimos, ahora pertenecía a la nómina de agrupaciones incluidas en las listas de popularidad de las radios. Entre las muy rascuaches formas de decir te quiero que puede tener un grupo de pop mexicano, se colaba un tema de Bohemia que dice: Podría hablar del fin de un niño sin ideales / podría hablar del fin de un pueblo ahogado en sangre... Y así crecimos tarareando esas canciones que creíamos de amor. Ahora Sombras en el Jardín es una efeméride que con toda nostalgia puedo celebrar. Una sensación de libertad que ahora vuelve puntual, como pasa un cometa.


jueves, 2 de febrero de 2012

PREFIERO EL SILENCIO (MI VERSIÓN A "PREFIERO" DE WISLAWA SZYMBORSKA 1923-2012)


(Syd and Nancy / Alex Cox 1986)





Prefiero el silencio a la absurda práctica de las mentiras.
Prefiero lo nuevo a lo viejo comprobado.
Prefiero ver los apretones de mano a las actas y a los contratos.
Prefiero los errores expuestos a las perfecciones aparentes.
Prefiero estar afuera de la prosperidad a estar adentro del delito.
Prefiero concluir un libro a leer una noticia.
Prefiero acumular ideas a llenarme de dudas.
Prefiero escribir acerca de quienes crecieron conmigo a escribir sobre los grandes problemas del mundo.
Prefiero hablar con quienes toman cerveza en las tiendas a los foros intrascendentes sobre corrección política.
Prefiero la memoria sin resentimiento al olvido indiferente.
Prefiero a los que nos muestran verdades incómodas a los que prometen democracias falaces.
Prefiero a los que fuman mariguana a los que violan niños en las iglesias.
Prefiero a los revolucionarios activos a los militantes del fracaso.
Prefiero a los intelectuales periféricos a los cosmopolitas mediocres.
Prefiero los discos a los videoclips.
Prefiero los carros viejos a las camionetas polarizadas.
Prefiero ver crecer a mi hijo y tener algo de que hablar con mi esposa a envejecer rodeado por desconocidos.
Prefiero un lector sincero a un premio literario.
Prefiero un anarquista a un activista pajero.
Prefiero una opinión sincera a un análisis incierto.
Prefiero encontrar amigos a lograr aliados.
Prefiero gastar en un buen libro, a comprarme un teléfono caquero.
Prefiero terminar un principio a comenzar un final.
Prefiero un pasado vivo a un presente muerto.
Prefiero las mañanas, a los mediosdías.
Prefiero asistir a los estrenos a presenciar los homenajes.
Prefiero ir al dentista a una parranda con reguetón.
Prefiero un ladrón de celulares a un accionista bancario.
Prefiero cualquier cosa a un político guatemalteco.
Prefiero andar a pie tranquilamente a tener un chofer y cuatro guaruras.
Prefiero la brillante ingenuidad, al conocimiento sin entusiasmo.
Prefiero la luz de la mañana a las estrellas intermitentes.
Prefiero —como dice la poeta polaca Wislava Szymborska— los países conquistados, a los países conquistadores.
Prefiero lo absurdo de escribir y pensar y hacer y creer a lo absurdo de no hacer ninguna de estas cosas.





miércoles, 7 de septiembre de 2011

LIMBO (FRAGMENTO DEL PRIMER CAPÍTULO)

Limbo (Magnaterra editores, 2011)


... son las elecciones para Presidente de la República de Guatemala y todos, exceptuando al candidato del partido ganador, nos sentiremos más o menos Gregorio Samsa. No es un día muy relevante para mí, pero el sueño me despertó el deseo de retomar una libreta de apuntes y salir a vagar un poco. Divagar y ver gente.


Salgo de prisa, saco un muy longevo walkman Sony que compré hace casi una década, el disco Kid A de Radiohead y una libreta amarilla.



Había planeado quedarme leyendo, pero una enorme torre de libros reposando al lado de mi cama no me hacen sentir mejor. Desde que me separé de mi esposa, .1, -que se enamoró de otra persona- decidí convertirme en ermitaño. Me mudé a este apartamentito y no hago otra cosa que leer, sobre todo durante los fines de semana. Comienzo desde muy temprano por la mañana y termino hasta la madrugada del día siguiente. El resto de la semana corrijo textos publicitarios… no quiero hablar de eso.



Bueno, esta no es la Praga de Joseph K, tampoco es el Dublín del Bloomsday. Esta no es una isla rodeada por otra isla rodeada por otra isla: este es el centro de la Ciudad de Guatemala.



Mi casa queda en una calle cercana al Cerro del Carmen, el punto más antiguo de la ciudad y que hoy es territorio en pugna entre la policía, las maras, los hoteles de crack y las prostitutas.



Para llegar a la Sexta Avenida (digamos, la avenida principal) debo caminar seis cuadras. Así que decido ponerme los audífonos y avanzar por la calle vacía. Hace frío, es domingo y esto parece un pueblo fantasma.



Las aceras aún no se han repleto de vendedores de piratería y ropa de maquila. El viejo Portal del Comercio luce vacío sin sus indigentes y el aura de desolación del Centro favorece que pueda observar los detalles de sus edificios. Una abigarrada muestra de formas arquitectónicas bastante antojadizas: oficinas, zapaterías, ventas de saldos, restaurantes de comida rápida y papelerías.



Edificios parchados entre un muy refinado Art Decó y un improvisado amontonamiento de pisos. Pequeñas oficinas dentro de oscuros reductos llenos de tramitadores y abogados. Todo bajo el descafeinado cielo de estas horas.



Burger King de la 10 calle. Los lugares de fast food huelen a plástico, sus empleados parecen robots, sus baños apestan a jabón líquido y sus sillas son rígidas e incómodas.



Pido un “Combo 2” de desayuno. Atravieso el restaurante cargando mi charolita, me busco una mesa a la par de la ventana dispuesto a observar y anotar todo cuanto veo.



Afortunadamente el restaurante está vacío y me permite cierta calidez. Hago algunos círculos sobre la pequeña página con líneas. La catsup con sabor dulzón y el café aguado me resultan inspiradores. Algún infeliz decide ambientar el restaurante con música.



Una muchacha limpia una y otra vez el dispositivo donde se coloca la salsa de tomate. Pasa un trapo azul hasta que el chunche reluce como si fuera platería. Luego coloca una torre de coronas de cartón que muy democráticamente entregará a todos los niños que visiten el restaurante. La chica tiene una blusa roja y un pantalón café oscuro. No es bonita, pero se ve atractiva. Siempre encuentro similitudes entre las trabajadoras de los restaurantes de comida rápida. Quizá es un estereotipo, pero se ven siempre optimistas. Sonríen, son amables, pero sus miradas parecen distantes de su alma. Muy romántico.



Luego está el muchacho que trabaja como guardia de seguridad en la puerta. Muy delgado y bajito. Tiene un traje celeste y un revólver en el cinto. Tendrá a lo sumo dieciocho años. Él no se ve optimista, parece melancólico, sombrío. Su mirada está puesta en uno de los televisores que ambientan el lugar, justo en el video-clip de un cantante de hip-hop. Un mulato lleno de trenzas que pasea con cinco rubias de grandes tetas que mueven el culo una y otra vez frente a la cámara. El poli mira eso y medita. No sé qué piensa. Tal vez tiene una erección, quizá reflexiona sobre lo difícil que es conseguir un empleo en Guatemala o está maldiciendo a los candidatos a la presidencia. No sé. Se ve absorto y melancólico.




Dos mesas más adelante, un señor con patillas largas y vestido con un traje azul marino hojea el periódico. A un lado de su charola tiene una Biblia. No hace falta ser adivino para darse cuenta de que se trata de un pastor evangélico. Toma su café silenciosamente y pasa las páginas. ¿Qué estará pensando? Quizá en su congregación o en la decadencia que existe actualmente en el mundo o en los muchachos mareros que se entregaron a Cristo la semana pasada y cómo los asesinaron dos días después. O siendo menos optimista, puede que esté pensando en lo bien que se mira la hija de una de las hermanas de la iglesia y de cómo se le marcan los pechos cuando se desmaya en medio de la congregación.



Un ventanal rodea todo el restaurante. Detrás del vidrio se ve el transcurrir de la Sexta Avenida en todo su esplendor. Una mañana fría, pero llena de gente. Una mañana rara.



En medio de los ojos veo la avenida. La perspectiva se pierde entre uno que otro bus que avanza. Buses o “camionetas”, como les llamamos. Van por la avenida principal. Desperdician humo. Hoy están vacíos.



En días laborales los buses van llenos a reventar. Sus vientres vomitan docenas de personas en cada parada. Adentro son como micro infiernitos. Llenos de gente colgada, gente inclinada 180 grados. Gente con los pies martillados por no sé cuántos zapatos. Gente con canastos, bolsas, paraguas, pistolas o machetes. Niños que hacen brotar el llanto a cualquiera. Payasos que suben a contar chistes salados. Mendigos sudorosos y vendedores de toda índole. Todos los buses tienen una leyenda escrita en la entrada: Por favor córrase para atrás. Este es el eslogan del país. Avanzar hacia atrás es lo que hemos hecho desde el inicio. Una lógica que nos tiene donde estamos.

jueves, 25 de agosto de 2011

BOYS DON'T CRY (CONSEJOS PARA HACERSE MACHO)


(Polyester/John Waters)

Así es nene. La vida son mocos y sangre.

Si te preguntan, todo lo que debes saber es…


Cómo hacerle cambio de aceite a un carro; cómo limpiar un arma; cómo llegar a La Embajada de Coatepeque; cómo durar cuatro horas con una chela en una teibol; cómo destapar un litro con los dientes; cómo sacarse una bala y coserse uno mismo con hilo de pescar; cómo se llega a Todos Santos sin usar un mapa; cómo darle mordida a un honorable miembro de la Policía Nacional; cómo lanzar patadas de tijera; cómo bajar la pelota con el pecho; cómo defender a tu viejita cuando te la saca a relucir algún desgraciado; cómo hacer armas hechizas; cómo marcar el número del celular del viejo para que te llegue a auxiliar a la carretera; cómo gritarle al empleado huevón que no te hace caso; cómo despedir a la cholera que se dejó embarazar por vos cuando gateabas por la casa; cómo se escoge una buena navaja suiza; cómo reconocer las corbatas de seda; cómo llenar un formulario de préstamo en el banco G&T; cómo hablarle a tus superiores con respeto; cómo comprar llantas (y aros de magnesio); cómo se llama el portero de la selección de Croacia; cómo superar la tragedia de no llegar nunca al mundial; cómo se llama el coronel que te puede librar del bote cuando manejés borracho; cómo quitarte la goma con ocho octavos y un limón; cómo disimular que estás hasta los toles luego de bajarte (vos y otro tu cuate) un gordito Botrán; cómo curarte el dolor de hombro para semana santa; cómo se llama el cuate que tiene un Lotus en La Cañada; cómo se le tocan las nalgas a tu compañero sin que piensen que en realidad te gusta; cómo reemplazar las comas por el "puta" intraducible; cómo echarte mentol chino para ponerte como pata de burro en bajada; cómo dejarte el condón puesto desde la mañana hasta la noche; cómo pronunciar todo el alfabeto en un solo eructo; cómo seleccionar una escuadra que no se encascabille; cómo traerte un carro rodado desde Texas; cómo manejar con el radio a todo volumen; (por supuesto) cómo pulir y encerar tu carro para no estar con tu mujer; cómo se bajan los aguacates; cómo romper los hímenes del corazón; cómo mandar a la mierda un culo cuando empieza a chingar; cómo decirle al doctor que tenés gonorrea; cómo patear a tu chucho (boxer, rottwailer o doberman), cómo bajar a vergazos de una camioneta a un chofer brincón; cómo conseguir el respeto de las amigas de tu abuelita; cómo justificiar tu vida aprendiendo artes marciales para romperte el hocico limpiamente; cómo corregir a los albañiles que te están construyendo un muro de block; cómo balear señales de tráfico; cómo comer carne hasta la saciedad y luego emitir flatulencias que hagan marchitar las flores…


Así es la vida, nene, y si te salen mocos y luego sangre, no llorés, hacele huevos, ya estás grandecito.