
Basta rozar un hombro para prender la mecha de un macho y salir mancillado en una pirotecnia de trompadas que ni qué.
Una noche yo iba borracho, había una muchacha afuera de un restaurante que al acercarme y verla sola me pareció una puta.
Tenía un par de nalgas que se hacían más evidentes con su pantalón y las tetas casi se le salían por arriba del escote. Mi intención no era levantármela. Yo necesitaba fuego para un cigarro que llevaba en la boca desde hacía mucho rato, además con el jalado que cargaba era imposible pararme bien en mis dos pies y registrarme las bolsas del pantalón. Cuando pasé frente a la tipa le pregunté con mucha cortesía, cortesía inmerecida que sólo un alcohólico es digno de dar,
—¿Me regala fuego?
La perra no me volteó a ver. Yo no insistí, ni dije nada, seguí caminando. El callejón estaba oscurísimo, previendo asaltos saqué mis billetes y me los metí dentro de los calcetines. Entonces comencé a oír pasos detrás, me quedé paralizado, los ladrones del Centro son unos verdaderos hijos de puta, sienten el placer de matar por matar, no les interesa robar sino destruir, así que alcancé una botella de cerveza que estaba a la orilla de la acera, me la metí en la chaqueta y seguí caminando. Los pasos se hicieron más rápidos, sentí calambres en el estómago y sostuve fuertemente mi envase. De pronto escuché una voz de mujer
—Él es —dijo.
De inmediato un tipejo, enano y fornido se me puso enfrente
—Qué le dijiste a mi mujer.
Yo ni siquiera lo vi, pasé de lado. El enano me empujó y yo no hice caso y seguí caminando después de casi romperme la cara contra el piso.
—Te estoy hablando hijueputa.
No contesté, me sentía nervioso. Seguí sin voltear, hasta que la suela de sus tenis se me incrustó en la espalda y me lanzó hacia el piso. Pude verlo desde el suelo, se abalanzaba sobre mí haciendo todo tipo de movimientos de karate que apenas podía distinguir en la oscuridad. Lanzaba patadas de tijera y movía sus brazos hacia arriba y hacia abajo. Yo, que nunca fui bueno para repartir golpes y que las únicas veces que peleé salí perdiendo, me quedé parado, adivinando qué haría el tipo. Su puta le gritaba
¡¡Matalo Efraín!!
Y a medida que él avanzaba yo me hacía más para atrás. Él seguramente no podía ver que yo tenía algo guardado dentro de la chaqueta, así que cuando vino su primer tortazo (que dolió como si me hubiera dado contra un ferrocarril), tomé la botella y no esperé al segundo, se la estrellé contra la cara. El tipo cayó al suelo y lanzaba patadas mientras se agarraba el rostro. Con la mitad del envase en la mano, me acerqué al desgraciado y lo rayé una y otra vez hasta dejarlo hecho una mierda y por último le ensarté la boca de la botella en alguna parte del vientre.
Cuando levanté la vista, la tipa ya se había ido, seguramente a llamar a la policía. La borrachera se me había quitado, sólo me quedaba un nerviosismo que me hacía imposible detener un temblor de manos. Me fui corriendo, dejé tirada la chaqueta, la tenía toda salpicada de sangre. Bajé por una calle sin iluminación, y comencé a caminar despacio, tratando de relajarme para que ningún policía me viera y sospechara. No sabía si lo había matado, así que lo mejor era pasar desapercibido. Pero por la hora y porque en la noche los policías se dedican a levantarse travestis o a violar niños de la calle, no tuve ningún problema. Así que seguí tranquilamente hasta mi apartamento. Una satisfacción muy grande me comenzó a invadir, era como si de pronto se me destapara un sentido que ha pasado cubierto mucho tiempo. Llegué a prender la tele y me di cuenta que en realidad aquello no tenía importancia.




