lunes, 27 de octubre de 2008

EL DESTINO NO SIEMPRE LLEVA UN RUMBO

Disuelto. Camino. Leo. Sigo anotando-respirando. Apagué la televisión con estática. Mi ex-madre y el gran cerco que siempre nos separó. Estoy en otro lado. Con mal carácter. Hablando tanto. Haciendo torpes explicaciones. Redactando en una sala de conferencias. Whisky con agua. Píldoras. Hielo en polvo. Nadie me conoce. Sólo me soportan. William Blake. Un buen lugar común para mi vida. Unas primeras líneas que van rotas. Perdido en el rumbo. Feliz dos veces. Luego regresar. Perdón. Suspenderme. Dormido. Borracho. Autómata. Dependiente de qué desagrado. Nuevamente. Dónde pensé el paraíso perdido- la calma aislada. El alma es un terreno desolado. La ultima conferencia, whisky con agua. El niño y el adulto retozan por todo el salón. Juegan a eso. Fiebre por fin gloriosa de escribir. Puerca vanidad. Se llega a ella de boca en boca. De mano en mano, como un billete, así llega. Medicina Amarga, saliva espesa. Joven y estúpido, soltando la lengua y viajando en convicciones pálidas, parafraseadas. Peleando contra el clima en los hoteles de la sobriedad. Sobriedad de salones vacíos. Todas las fotos falsas. Las imagen que inventa otra persona en nuestra imagen. El primer reflejo. Mudándome de ambiente. La atmósfera y la gente. Discos plateados. El contacto con las cosas que no dicen nada de mí, de nosotros. Memoria emputecida. Fotografías: historia. El nombre instalado en un diccionario enciclopédico. Hacerse un monumento diario, a diario. Sentarse junto a funcionarios acéfalos. Abrir con palabras decorosas odiosos congresos de literatura. Usar tres lentes. No orinar parajes simbólicos ni monumentos ni estatuas. Los malos trabajos. El destierro. Las parejas que se van o se hacen ancianas incluso. Incluso la noche que cae sin gracia. Dormir con el contacto de una pastilla bajo la lengua. Ir con un libro como amuleto. Hacerse de ideas nuevas. Exponer cosas fáciles de forma complicada. Insignificancia, insignificancia: (dos puntos fragilidad). Qué miedo existe a saberse distinto. Estar disuelto. No concordar con una célula y pensar que subir al altar de la inteligencia es conquistar un imperio. El afecto es sólo sencillez. Cada mañana espero que el jugo esté puesto en la mesa, que alguien me abra las cortinas. Espero la noche para despertarme a las cinco. La rutina hace que me levante temprano para sentir que moriré pronto. Buscar el agua fría. Luego adelgazar frente a la pantalla cubierta como un espejo. Desde que no existe impedimento para las manos, la fantasía es simple voluntad. Pienso en Alicia llorando en un rincón oscuro donde se rodea de seres que en el País de las Maravillas son los conductores de su destino. La rabia de no tener voluntad. La fertilidad es un violación. El morbo es intuir. Después del miedo uno se queda solo. Después del miedo uno se queda registrando las cosas. Viene el desvío en marcha. Entonces salgo a recoger el periódico y vuelvo mi vista hacia fuera. Hace frío. Las mañanas siempre distraen. Ovidio lo ve: “No debemos considerar más que el amor y los placeres; debemos creer que todo está permitido tomando por ejemplo a los dioses”. La gente sigue descansando. Las preguntas. Las preguntas siguen. Un perro que cruza la calle. Escurridizo. El destino lo ponen otros. No abro el periódico por convicción propia. Ahora, en este lugar anoto en las páginas. Este cuarto de gente que jamás conocí. El dinero que viene y va. La oscuridad en que veo. El aire acondicionado. El ruido horrible de los niños jugando. Todo lo demás. Pseudo filosofía. Puro intuir el tráfico de la lógica. No dormir y quedarse vigilando. La vida entre las grandes constantes. Hacer un registro y revelar una y otra vez la misma a fotografía. Ser amado y odiado al mismo tiempo. El arte de ser herido. Un derrame en el pulmón izquierdo El drama está en el periódico que leo en este preciso momento. La delicada gota de sudor frío. La fotografía del semen. La lágrima por construir, el banco de corbatas. Gobiernos ancianos y generaciones de detergentes. Café. Un poco de satisfacción. La soledad de este cuarto. Luego envejecer. Toda la existencia encerrada en pequeños préstamos. Ser validado como persona. El tiempo es dinero. Las frases. Escribir. La locura que la gente gusta aglomerar en sus manifestaciones. Realmente un poeta es el tipo más aburrido del mundo. Música japonesa hasta las 3 de la mañana. En la orilla de luz no hay otra escritura. Ni piedad retórica. Ni posibilidad que lo mejor de mí me sobreviva. A muy pocos nos es dado el privilegio de no escribir nunca.

jueves, 9 de octubre de 2008

CONCATENACIÓN



EQUILIBRISTA
Por ser expuesto salto una y otra vez del alambre. Equilibrista, sí. También tengo una foto tomada del cielo. Alguna luz llena de migajas. Las pocas cosas que duran más que un salto a esta altura.

DESPUÉS DE FRESAS SALVAJES DE IGMAR BERGMAN
Toda la vida: 2 ó 4 lugares imposibles de dejar.

NOCTURNO
Un vaso con tinta deja un círculo en el ojo. Tengo un vaso de ojeras. Colmillos blandos, perros sedientos de whisky.

GIGANTES
Participo de una hora con píldoras. Es el mar este plato sonoro. Son mis huesos que pelean una galaxia con tanta rabia ¿Vale algo sentirse vivo?


BRUJAS
La batalla por el candil. Mujeres que amenazan, orinan el pozo y saludan con el culo la luna.

BRUJAS II
Levanta tu rabo es el beso pactado. Veleidosa arranca tu vestido y el cebo ¿Te ves? Te has arrojado al piso. Dormida también llorabas. Ojalá que nadie te inflame con lágrimas.

EL MARTILLO DE LAS BRUJAS
Ya lo he dicho: el miedo es un torbellino hacia adentro. Se miran las luces y los ojos. Se desconoce tanto el día cuando se pone oscuro. Demasiada luz. La agonía es pensar y dejar de pensar.

ATRÁS LA NOCHE

Un observatorio. Una plataforma para despegue. Algunos lápices. El papel. La lámpara de siempre.

CRÍTICO DE LAS ALMAS
Es difícil ver dentro de las hojas secas, a veces traen gusanos secos también. El lado común. El lado del corazón. Las horas que caen en desuso. Es difícil no destripar la botella precisa en el lugar preciso o negarle un abrazo al que nos escupe en la mano y nos revela lo que siempre negamos: que vemos el teléfono esperando una respuesta, que deseamos dormir para siempre y soñar el mar.


SONIDOS
Una hoja blanca es este jueves.

PLATILLO VOLADOR
Se oyen ladridos de gente furiosa. Se oye el tric trac del cielo. Salen las personas y comentan una mala película en inglés. En los oídos sus disparos. Sordos pechos.

BLACK
La escritura en el sueño, cuando el motín toma la casa.


RATIO
Descubrir la tarde, el homicidio, la tristeza. Descubrir la página que pone su cara en blanco.

LO QUE HAY
Lo que hay es todo esto: del establo a la cantina, de regar el patio a oscurecer. Lo que hay es el parloteo —cuánto tienes, cuánto das—, ya se sabe el resto, no es necesario. Si vale algo morirse, tiene que ser cuando llueve y el pulmón artificial del cielo se abre como una mandarina.

NOTICIA
Un sacrificio es un diagrama del cerebro. Da pereza encontrase en los diarios, la noticia de que somos los bocados devorados.

LLAVE
Sólo un día se olvida la llave. El mismo día se llega a la puerta. El justo momento en que acabas por cansarte. Dos horas después de haberlo comprendido.

CENA
Llena de huesos. Llena de buitres que roen la carne.

VISIÓN
La calle está en su sitio. Sustantivos pateando adjetivos. Oficinas de banco, temblor de vidrios. Pasan las ambulancias arrojando muertos a los pies de los hospitales.

CÁMARA
Aplazas la pequeña paciencia, te demoras y sigues adelante. Vamos cayendo al vacío. De nada sirvió esperarnos, si en el fondo lo que hallamos es el silencio.

VIAJAR EN LA NOCHE
Las cosas aprietan si se amaron. Todo ahoga. Cada trazo de los ojos que cierran la desazón de una larga prisa triste.

PROSEGUIR
Caminar hasta acabarse el cielo.

martes, 7 de octubre de 2008

LOS RECURSOS DEL SIMULACRO (PARA MARIO, IGAL Y JAIME PERMUTH)




El cielo en la noche parece la carpa de un circo. Una de esas carpas llenas de agujeros donde se cuela la luz del sol. Así, las estrellas se ven como pequeñas perforaciones redondas. El espectáculo está debajo, es el mundo.
Uno puede presenciar la vida o complicarse en ella. Tarde o temprano viene nuestro papel. Tenemos un turno para actuar, y lo hacemos sin tener claro en qué momento sucede.
A veces, detenidos frente a nuestra imagen, nos damos cuenta que esa presencia que vemos es la consecuencia de un simulacro. Somos el personaje que nos abriga. El que decidimos ser.
También decidimos el espectáculo. Nadie se queda a la fuerza, todos queremos ver el final. Pero el show siempre continúa.
Sobre el suelo desfilan los personajes. Sus cuerpos son la duración misma de esa extraña sincronía entre las cosas y el tiempo. Uno a uno va realizando su acto magistral. El público clama desgañitando su voz. El personaje se envuelve con la mirada de los otros y repentinamente, ebrio de vanidad, destierra lo mejor de sí: saca un truco o un chiste o muestra su habilidad pura o desgaja su corazón.
El corazón del circo está en los graderíos. Debajo de los andamios que lo sostienen. En el subsuelo donde se desmigajan las risas y los gritos de tensión y asombro.
Los ojos de los niños sostienen al equilibrista que dibuja una línea horizontal en la gravedad.
Desde el trapecio la cadencia nos rompe el pecho en su deambular de un punto a otro. El trapecista se sostiene frágilmente en ese oleaje.
Luego los enanos. Siempre acompañando a las cebras o a los elefantes, jalando el carrito que lleva una jaula con un león o empujando a un elefante.
Por último, los payasos.
Los payasos siempre parecen ocultarse mejor. No son intrépidos. No tienen habilidades. Los payasos son la poesía del circo. Los factotums, los esmerados en el fracaso de la rutina, los inoportunos, los acróbatas de la lucidez. Un payaso encierra siempre una contradicción. Es un ser incómodo y mágico. Es el humano al revés. Ese eterno monólogo frente al espejo.
Recuerdo un circo. Uno muy pequeño que llevó su caravana de casas rodantes y animales, un desfile colorido que rompía la monotonía de mi barrio. Fui con mi madre a ver la jirafa que pastaba a la orilla del barranco. La gente se amontonaba alrededor de sus enormes patas amarillas, le llevaban frutas, pero la jirafa solo comía la hierba seca que tenía alrededor.
Jamás había cruzado la entrada de una carpa. Para un niño de siete años, aquel espectáculo pobre resultaba ser algo mágico. Una muchachita vestida con un traje verde y plateado se mecía por los aires mordiendo el trapecio. Un león flaco y una jirafa anémica. Un fortachón doblaba dos barras de hierro. Dos payasos abrían su diálogo de cachetadas y patadas en el culo. La música. El equilibrista. Los malabares. Recuerdo personajes viviendo un personaje. Su vestimenta era la misma cuando actuaban o cuando salían a comprar comida al mercado. Se quedaban un par de meses y cada sábado desfilaba el elenco de artistas subidos en la palangana desvencijada de un pick up. Anunciaban el espectáculo más esperado, hasta que toda la gente del barrio se cansaba de verlos, para entonces, el circo, ya tenía preparadas sus maletas. Hacían una última función, luego comenzaban a llevárselo todo poco a poco. Un día, al volver del colegio, ya no encontré la jirafa, ni la carpa, ni las 2 casas rodantes, sólo un terreno baldío, el mismo lugar de siempre a las orillas del barranco. La magia del circo había desaparecido, y con él ese cadencioso recurso de soñar afuera de la gravedad.

viernes, 3 de octubre de 2008

CONSEJO DE UN DISCÍPULO DE MORRISSEY A UN FANÁTICO DE BOLAÑO





Es más difícil tener autoestima. Uno garrapatea en los cuadernos porque no sabe hacer otra cosa. Claro. Hay Nabokovs ajedrecistas; Hemingways cazadores y diestros para dar una pirotecnia de golpes a cualquiera. Pero todo eso esconde el mismo miedo. Miedo a no ser leído.






Creo que escribir tiene que ver con cierta sensación de desamparo. Así se comienza. Luego de ganarse el aprecio de los demás, viene la necesidad de conservarlo. Eso lleva de inmediato al cinismo, un cinismo que es ante todo desprecio por el lector, tomando en cuenta que el primer y más estricto lector es quien escribe.




Es muy grato sentarse y ver el vacío en la página, luego aporrear el teclado hasta alcanzar velocidad. Luego cerrar la hoja con una conclusión poética. Hacerlo cada día y de por vida.



Hay que tomarse en cuenta. Tomar en cuenta que nunca se adquiere suficiente soledad.
Escribir es fornicar con los demás. Hacerlo con fluidos y con riesgos. Con todos los riesgos que asedian a la sinceridad.