jueves, 27 de noviembre de 2008

EL HORIZONTE CADA NOCHE ES UN SONIDO



la luna mira el farol con su línea
quisiera bajar lo necesario para hablar
sólo tiene que mostrar un poco de aire
caer lo suficientemente cerca
dejar sin luz la mitad de la tierra

el jardín consonántico
las calles y la noches

las enormes hojas que parecen manos
las personas unidas a presión

cerrar de largo esta orilla


el horizonte cada noche es un sonido
debajo de las hojas o de las sombras
en ese escalofrío
que busca nuestro silencio

lunes, 24 de noviembre de 2008

DISNEA



Me cuesta respirar. Tomo un libro, luego lo alejo, salto por sus páginas y luego me siento a respirar, y no puedo.
Leo desconsolado por mi inutilidad.
Ahogado el cerebro, ahora escribo apopléjico. Se alejan todos mis deseos, siento ganas de ahogarme en el río Ouse, pero me causan remordimiento las cosas que no veré al día siguiente.
Se me quiebran los nervios y no me ajusto.
Escribo un relato y, si me permito el lujo de terminarlo, me dará algunos días de felicidad.
Es un lugar común hablar del sufrimiento, de la imposibilidad de escribir algo nuevo. Todo, prácticamente, es un lugar común.
Me da miedo pensar que no soy cursi. Los más cursis siempre creen que no pueden serlo.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

CARTA DESDE UN RADAR (PRÓLOGO PARA UN LIBRO DE ISABEL DE LOS ÁNGELES RUANO)



Mis palabras no llegarán a sus oídos; tal vez serán leídas por otros y silenciadas entre las estanterías de una biblioteca, pero difícilmente podrá escucharlas.
Seguramente no me recuerda, ¿por qué habría de hacerlo?, hace tiempo le entregué un pequeño folleto con mis poemas, usted lo guardó dentro de una bolsa plástica y me dijo que llevaba prisa y que después vería de qué se trataban. Me dejó diez años esperando. Ahora, de nuevo frente a usted, estoy seguro que tampoco logrará reconocerme. Soy uno de los miles de seres que ve caminar apresuradamente por las calles del Centro; otro ser anodino que al verla, baja la vista y sigue de largo.
Hace unos días la encontré sentada al lado de la fuente de la Plaza Central. Metía la mano en el agua. Su maletín estaba tirado en el suelo y sus cosas rodaban por todos lados. Me acerqué para recogerle los lapiceros y separadores, y al entregárselos ni siquiera me hizo caso, simplemente seguía viendo el reflejo de su mano en la fuente. En otras ocasiones la veo caminando por la Sexta Avenida o parada frente a la vitrina de algún almacén, inmediatamente viene un recuerdo de infancia, la vez que se acercó a mi madre para venderle una pequeña loción, y mi mamá después de comprarla me explicó quién era usted. Pasarían varios años para descubrirla en un libro, Torres y Tatuajes, para leer sus palabras y entender de qué se trataba eso de ser poeta.
Ha tomado esta ciudad como todas las cosas: su luz mostaza, su ruina, esa mercenaria sobrevivencia de quienes la transitamos y la vivimos. Ha logrado precisarla, cartografiar con ella su geografía interior. Y le devuelve palabras. Le arroja sus dedos para que no los congele el desencanto o el ruido; usted mejor que nadie sabe que para escribir en Guatemala se necesita demasiada vocación. Voluntad o masoquismo. De eso que al leerla uno se encuentre una y mil veces con versos deshechos, con líneas dispares entre murmullos, dobleces de hastío o de ira deslindando en la soledad o la ternura. Coincide en los lugares de esa ciudad secreta, esa que cada día se nos construye adentro; donde afluyen figuras del pasado, espectros que vuelven luego de deambular sin tiempo, de trepar durante años entre los edificios y pedir asilo en los letreros luminosos. Cada transeúnte que la encuentra a su paso vuelve hacia usted. Cada biógrafo suyo evade verbos y enumera adjetivos: talentosa, sufrida, arrogante o —llanamente— loca; la dejaron suspendida en la mujer de hace cuarenta años, la niña genio que saludó León Felipe, la estudiante de letras. Poco sabemos qué pasa ahora, sólo alcanzamos a verla deambular.
La voz de un poeta que camina; que nunca se le ve arrellanando un sofá y aporreando profesionalmente una computadora, se convierte en un registro de la voz de todos.
Algunos de sus versos ha quedado en el paréntesis de las páginas que me sorprendieron:
Estoy frente a un espejo sin límites
Contemplo mis contornos en penumbra
Estoy en mi habitación oyendo los ruidos
De la ciudad
Contemplando los árboles de los arriates
Y las rotondas
Y veo aparecer un caracol de siluetas que aborrezco.
(...)
Olvido la carga de la vida
Y el dolor de la muerte.
Vivo en el centro de la ciudad
Con una mecánica isocronía
Con un compás terrible repitiéndose
Con la regularidad de los motores
Que atraviesan calles y avenidas
Con la insomne agonía de días esparcidos
Con esta coloración de mi sangre tormentosa
Y estos días moribundos
Y tediosos
De qué sirve la buena poesía, cuando en la vida no es perfecta. Puedo leerla detrás mío, puedo sentir cómo coincido con usted. Así se inmolaron Whitman, Vallejo y Miguel Hernández. Las palabras son un fuego eterno que se alimenta de vida. Hoy es para mi un honor dirigirle las mías, tan torpes y deleznables.

lunes, 17 de noviembre de 2008

¿QUÉ HARÁS CONMIGO CUANDO TODOS ESTÉN DE TU LADO?

qué harás conmigo
cuando todos estén de tu lado
dónde esconderás
las hojas
los murmullos
los cuartos llenos de angustia
los cuentagotas llenos de luz

qué harás para sentirte vivo
saldrás a beber martinis
hablarás de mí
y de todo el tiempo
que la rutina
nos apedreó en los bares

qué harás cuando todos te escuchen
usarás agenda
beberás agua
y darás conferencias

cómo explicarás la soledad que nos integra

cómo podrás decirles
que las cosas
no se explican con palabras
que el idioma aún es demasiado ingenuo
que la memoria
es la misma derrota de la muerte

qué harás conmigo
cuando todos estén de tu lado

viernes, 14 de noviembre de 2008

SATURDAY

Qué maravillosas son las sábanas limpias del sábado
luego de varios días sin beber.

Sábado y las primeras líneas de un disco de reggae.

Sábado y la ventana final de un cuarto oscuro.

Sabat y la misma fila de gradas hacia dentro.

Mis carreteras interiores son largas, mis ciudades interiores son infinitas.

No hay días iguales sin días distintos.

Es sábado.

Que la soledad se pudra de esperar.

martes, 4 de noviembre de 2008

GLORIA



gloria
los ángeles afinan la puntería
llevan flores amarillas
moradas
y tarjetas para el teléfono
fingen letra a letra con un libro que acaba de empaparse
cruzan una taza sin café


gloria
flores amarillas
muerden el mundo cada día de tempestad
el tráfico se convierte dulce
pieza por pieza los sonidos regresan se van
y cicatrizan rápido


gloria
en un frasco
las octavas
cuitas desafinadas
dicen que las venas
a cierta edad
se cierran en el corazón


gloria
surcos ardientes
alguien recordará
ese santísimo nombre


gloria
los arcángeles siguen dando nombres
los frascos siguen su orden en el enfriador
y los resurrectos cantan
perdiendo el juicio
el día del juicio


gloria
lleno de miradas de transeúntes
y con los dedos huesudos
un rostro anémico y gris
desde su altavoz congelará la neblina
y dejará
calles sucias
de luz


gloria
un coro de santos
lloran el dinero quemado


gloria
¿qué cae de pronto
en su silencio rojo
por dos cielos
antes de nacer?


gloria
entre los clavos
dos palabras
abren con un bisturí
cada ojo


gloria
a los párpados
a su sombra
a sus aros
a la cama negra
profunda
a oídos vírgenes
que involuntariamente
sin sentirse santos
engañan con el futuro
tiran hojas al agua
con sed


gloria
es inexplicable
ese rudo dibujo
de la sombra
que muerde a gritos
la pared


gloria
a todo tu silencio
a veces la sangre
se derrama
a viva luz
escribe para los santos
una música imposible


gloria
deja la piel
en toda su rancia luz
deja de cortar
oscuridad


gloria
la resistencia y la noche
son música de tubos
las criaturas
son polvo de los muebles
aquellos años
fueron un lugar
caían a pedazos las cortinas


gloria
la niñez será el mundo de los pasos
el aire frío quemando la pared
los ojos harán cruces en los párpados
y nadie querrá por ningún motivo
despertarse



gloria
dedos inflamados
un cigarro se apaga