martes, 11 de diciembre de 2012

POETAS NACIONALES





Entre excéntricos, místicos y perturbados. Siempre con esa distrofia del ánimo: la melancolía. Con trajes de color cansado, con vidas disfuncionales y con gastritis de úlceras políticas.

Los poetas lejanos. Aquellos que le dan nombre a las escuelas públicas o a las calles repletas de centros comerciales. Guardados en monumentos mediocres, en cohibidos retratos de libros de texto. Malcitados, tanto como incomprendidos. Los neuróticos que toda sociedad necesita: los poetas nacionales.

Esas personas que dan sentido a las letras doradas en los edificios. Esa suerte de faquires que duermen encima de las brasas y le hacen apasionados reclamos a la existencia. Que ponen palabras distintas a una realidad que no es bonita. Tantas veces solemnizados en discursos torpes o en fastidiosos actos cívicos.

El peor de los destinos. Pienso que la vida de un artista no pareciera importarle mucho a nadie. Sobre todo si se trata de un artista de las palabras. Sus palabras valen menos que su nombre. Su nombre vale menos que su prestigio y su prestigio vale menos que su fama.

¿Y su vida? Casi todos los poetas importantes de Latinoamérica fueron señalados por algo: por ser comunistas o por no serlo demasiado; por alcohólicos, por misántropos, por malhablados, por lujuriosos o por amargados. Personas de poco fiar en sociedades organizadas en contra del derecho a ser y a pensar distinto.

Estoy seguro de que el precio de la anticipación es el aislamiento; no creo que existan los “poetas nacionales”. La poesía no tiene un sitio, no tiene demagogia. Su lugar está en todos lados.


martes, 12 de junio de 2012

UNA TRINCHERA DE METAL FRÍO



"¡Black! ¡Deje de de fastidiar a Sabbath! Le gritó a sus dos gemelos el último metalero de mi colonia."


Yo era un adolescente noctámbulo y los conciertos de metal casi siempre eran en las tardes. No me emborrachaba temprano y jamás me gustó Slayer gran cosa. Digamos que mi simpatía era más adecuada a The Clash que al metal death pulsado por un rápido estirar de cuerdas, letras blasfemas y voces guturales. Sin embargo asistí a los primeros y fundamentales conciertos de heavy suburbano realizados en Guatemala.

Con todo y el cadáver de una guerra fría a cuestas, los adolescentes guatemaltecos de finales de la década del Ochenta descubrimos nuestro país gracias el arribo de la televisión por cable a las urbanizaciones de clase media. La censura gubernamental a los medios de comunicación era demasiado efectiva, así fue como -paradójicamente- fueron las presentadoras de CNN que empezaron a filtrar la palabra “Tierra Arrasada” y “Conflicto armado” en las salas de las familias habitualmente conservadoras de nuestra sociedad.

La Ciudad de Guatemala estaba menos saturada de centros comerciales que ahora y aún era posible la convivencia alrededor de parques y espacios públicos. La radio entonces (y tal como lo sigue haciendo ahora), mantenía el credo uniforme de programar a los “principales” en el abominable ranking del pop mexicano. Todo amenazaba con la nimiedad propia de una provincia que a veces coqueteaba roqueramente con los grupos locales tales como Alux Nahual en alguna grotesca teletón en horario diferido. Pero fue hasta que el primer gobierno electo de manera democrática, el de Vinicio Cerezo (1986-1990), que se permitió la organización de conciertos de rock al aire libre, precisamente en la Plaza Central frente al Palacio Nacional, por el año 88 u 89, dando un inicio involuntario al arte urbano en nuestro país

Los conciertos de la Plaza hicieron posible que fuéramos espectadores de algunas de las bandas indie más interesantes que sonaban en las radios en español: La Torre (Argentina), Caifanes (México), Luzbel (México). A su vez emergieron extraños grupos nacionales con una magra fanaticada de barrio, completamente invisibles para los medios de comunicación establishment: Invasión, Tzantoid, Guerreros del Metal, Yttrium, entre otras bandas que despertaron una tribu metalera en el Centro Histórico de la ciudad.

Ya para finales de esa monstruosa década de represión política en Centro América, había una muy respetable cantidad de grupos de metal en Guatemala: Psycho, Denial, Scars, Éxtasis, Sore Sight, Pychophony, Serpiente Visión, Rotting Corpse entre otros, eran bandas inseparables de una creciente tropa roquera que invadía los espacios públicos. Camisetas negras, pañuelos de calaveras, backpatch con portadas de discos con nombres caligrafiados, acetatos de Sodom, Destruction o D.R. I (entre otras bandas de culto) acompañaban largas filas de chicos de cabello largo que bebían litro tras litro de cerveza Gallo en la puerta de los conciertos llamados Trash Attack.

Los primeros conciertos de metal fueron una hemorragia de improvisaciones escandalosas. Un ejercicio de convivencia incipiente compuesta por músicos aficionados y organizadores idealistas que asumían la cultura del metal como una forma muy sui géneris de resistencia ante los atropellos de una sociedad represiva. Según mi amigo Jorge Rodas, el primer concierto importante de metal se llevó a cabo en una llantera que se encontraba intermedia entre las dos partes más feas de la capital guatemalteca (y acaso dos de los lugares más horribles del mundo): Avenida Bolívar y Terminal de buses. Aquello, asegura Jorge, fue la chispa que activó el movimiento trasher en Guatemala y posiblemente en Centro América. Con un sonido más que precario y en el centro de un escenario apocalíptico de cerros hechos con llantas vulcanizadas, se dio inicio a un sincero movimiento underground en un país construido a partir de severas contradicciones étnicas.

Viendo Las Marimbas del Infierno de Julio Hernández encuentro comprensible el discurso de una generación bisagra. Una coyuntura de jóvenes que pasaron de la dictadura a la democracia. Una democracia sin empleo, sin educación y sin posibilidades de transformación política. Un retrato de juventud y de madurez de una militancia Metal que es el camino que escogieron muchos guatemaltecos para singularizarse de la nimiedad cristiana, mojigata y consumista, que heredamos. Un muchacho metalero en Guatemala, es casi siempre un joven desarraigado de la clase trabajadora, y es posiblemente la imagen más auténtica del inconformismo en nuestra sociedad. Acaso los personajes de Hernández sean tan cercanos para nosotros porque representan esa necedad, esa persistencia, por fugarse de esa orilla de “normalidades” que asumimos en este dudoso presente. Tal vez porque Hernández encontró que el Heavy Metal, al igual que el cine, es una muy digna trinchera individual y un campo de batalla al mismo tiempo. Una caja llena de extravagancias en un país de infancia negada. Una interpretación subversiva de lo que significa ser joven y no tener ningún futuro por delante.

lunes, 19 de marzo de 2012

SOMBRAS EN EL JARDÍN: ESAS CANCIONES QUE CREÍAMOS DE AMOR


La Paciente / Méndel Samayoa


Estoy echado a perder


Ya no queda más que una camisa de franela en mi ropero. De usarla lo hago siempre el fin de semana y cuando hace frío. Quizá porque, con mis canas y libras de más, me siento extemporáneo dentro de un mosh pit de adolescentes. Andar de Rolling Stone no es lo mío, sin embargo puedo decir que hoy aprecio la música con más pasión que antes.


Música de adolescencia. Hace una semana un periodista amigo me llamó para inquirir acerca del vigésimo aniversario de Sombras en el Jardín de Bohemia Suburbana. En primer lugar, le digo, jamás lo tuve en disco, sino en casete. Un casete, ¡Dios mío!, mi hijo vio uno hace un par de meses y me preguntó qué era. El asunto es que la cinta habrá llegado a mis manos en un ya lejano 1993. Su contenido, más de una decena de canciones contundentes, sin virtuosismos armónicos visibles, pero cargadas con trucos britpop y frases oscuras, hasta entonces inéditas en el rock guatemalteco.


Vuelo alto beso el cielo y me caigo.

Desde la primera vez que oí Sombras en el Jardín sentí la premonición de que aquel trabajo de garage se mantendría a muy corta distancia de mi vida. Pongo el disco en la computadora y escucho cómo, entre una canción y otra, se anudan sonidos que forman parte de una historia compartida. Entrevistas de radio, protestas callejeras, ese paisaje de ruido organizado que fue y sigue siendo Guatemala en nosotros.


Las letras del disco son un atajo para comprender a la generación de entonces. Preocupaciones metafísicas “Soy un alma encarcelada dentro de un cuerpo”; el temor a encontrarse con la realidad poco menos que mórbida de una posguerra “Tienes miedo de no ver con claridad”; la incontable experiencia del amor único, masturbatorio, tierno y cercano “aquel domingo tu te fuiste y yo me fui”. Todo eso que alguna vez reconocimos entre una vida cotidiana de adolescentes chapines, prematuramente desencantados de la política post-Serranazo y por el bebé muerto que fueron los Acuerdos de Paz de 1996.


¿Como saber si eres pez o iguana?


Juro que nunca había visto a un chico con una playera de Otto René Castillo pegando de brincos en medio de la Plaza de los Mártires hasta ese Concierto de Bohemia en la USAC. La devoción que la banda provocaba en los jóvenes de los noventas tenía una fuente generadora: la claridad discursiva de su cantante, Giovanni Pinzón. Antes de Sombras en el Jardín muy pocos discos habían provocado tal choque de opiniones en Guatemala. Alto al fuego de Alux Nahual avizoraba en mucho la discusión acerca del Conflicto Armado Interno que se hacía desde el rock nacional. Pero fue con las letras y la energía que B.S. trasladaba a su público, que el rock alternativo puso una conciencia a la emtivizada generación de los noventas en nuestro país. Los chicos de clase media que salían a patear breaks con toda impunidad en las calles del Centro de pronto dieron tregua. De la violencia aberrante de aquella generación Reagan, se pasó a una suerte de nirvana de trenzas rasta, viajes a Panajachel, botellas de vino chileno y pantalones rotos que invadieron las secundarias y universidades.


De un momento a otro las bandas guatemaltecas reunieron más que las internacionales que nos visitaban. Claro, en este menesteroso lodazal de música populachera y descartable que nos traen los empresarios de conciertos locales, tener un grupo guatemalteco tan popular siempre era un negocio estimable. Bohemia Suburbana, que había surgido del mero underground y de los concierto íntimos, ahora pertenecía a la nómina de agrupaciones incluidas en las listas de popularidad de las radios. Entre las muy rascuaches formas de decir te quiero que puede tener un grupo de pop mexicano, se colaba un tema de Bohemia que dice: Podría hablar del fin de un niño sin ideales / podría hablar del fin de un pueblo ahogado en sangre... Y así crecimos tarareando esas canciones que creíamos de amor. Ahora Sombras en el Jardín es una efeméride que con toda nostalgia puedo celebrar. Una sensación de libertad que ahora vuelve puntual, como pasa un cometa.


jueves, 2 de febrero de 2012

PREFIERO EL SILENCIO (MI VERSIÓN A "PREFIERO" DE WISLAWA SZYMBORSKA 1923-2012)


(Syd and Nancy / Alex Cox 1986)





Prefiero el silencio a la absurda práctica de las mentiras.
Prefiero lo nuevo a lo viejo comprobado.
Prefiero ver los apretones de mano a las actas y a los contratos.
Prefiero los errores expuestos a las perfecciones aparentes.
Prefiero estar afuera de la prosperidad a estar adentro del delito.
Prefiero concluir un libro a leer una noticia.
Prefiero acumular ideas a llenarme de dudas.
Prefiero escribir acerca de quienes crecieron conmigo a escribir sobre los grandes problemas del mundo.
Prefiero hablar con quienes toman cerveza en las tiendas a los foros intrascendentes sobre corrección política.
Prefiero la memoria sin resentimiento al olvido indiferente.
Prefiero a los que nos muestran verdades incómodas a los que prometen democracias falaces.
Prefiero a los que fuman mariguana a los que violan niños en las iglesias.
Prefiero a los revolucionarios activos a los militantes del fracaso.
Prefiero a los intelectuales periféricos a los cosmopolitas mediocres.
Prefiero los discos a los videoclips.
Prefiero los carros viejos a las camionetas polarizadas.
Prefiero ver crecer a mi hijo y tener algo de que hablar con mi esposa a envejecer rodeado por desconocidos.
Prefiero un lector sincero a un premio literario.
Prefiero un anarquista a un activista pajero.
Prefiero una opinión sincera a un análisis incierto.
Prefiero encontrar amigos a lograr aliados.
Prefiero gastar en un buen libro, a comprarme un teléfono caquero.
Prefiero terminar un principio a comenzar un final.
Prefiero un pasado vivo a un presente muerto.
Prefiero las mañanas, a los mediosdías.
Prefiero asistir a los estrenos a presenciar los homenajes.
Prefiero ir al dentista a una parranda con reguetón.
Prefiero un ladrón de celulares a un accionista bancario.
Prefiero cualquier cosa a un político guatemalteco.
Prefiero andar a pie tranquilamente a tener un chofer y cuatro guaruras.
Prefiero la brillante ingenuidad, al conocimiento sin entusiasmo.
Prefiero la luz de la mañana a las estrellas intermitentes.
Prefiero —como dice la poeta polaca Wislava Szymborska— los países conquistados, a los países conquistadores.
Prefiero lo absurdo de escribir y pensar y hacer y creer a lo absurdo de no hacer ninguna de estas cosas.